sábado, 15 de diciembre de 2012

La profetisa


Pienso presentar en este tríptico* a unos personajes que han tenido existencia histórica, pero que no tienen identidad, como han sido las pitonisas de Delfos, enfocadas por Pär Lagerkvist en su novela La sibila, o el demonio, reactualizado por el cardenal Ratzinger en el marco de un proceso histórico que parece resucitar y otorgar realidad a su figura, tan explotada por los literatos de todos los siglos cristianos, y, por fin, tratar de entender y explicar lo que el novelista español Jesús Fernández Santos reconstruye a su modo en la novela El Griego, dedicada a dar vida a uno de los pintores más grandes de todos los tiempos y que no tiene todavía ni calle ni estatua en Madrid. Juntando aquí estos "casos" es posible que lleguemos a una conclusión, valedera para los tiempos malos que estamos viviendo, iguales quizá a todos los demás, dominados por algo que el presente tríptico lograría posiblemente poner de relieve.

El sueco Lagerkvist, Premio Nobel 1951, ha escrito bastantes novelas, traducidas al castellano, en gran parte por lo menos, y editadas por Emecé de Buenos Aires, entre ellas: Barrabás, El enano, El verdugo, El paraíso, Muerte de Ahasverus y La sibila (1957), marcadas por un evidente sello histórico, casi todas ellas evocan tiempos pasados y personajes que han existido de verdad o sólo en la mitología popular, o han cumplido una misión terrible que ha marcado su destino. Además, cada uno de ellos tiene un trato vinculante con su propio sino, que cumple, dentro de la literatura de Lagerkvist, con una tarea existencialista, muy de moda en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial y que enlaza con un individualismo protestante, fruto del cual ha sido el cine de Bergman. En La sibila la existencia del protagonista es como el reflejo trágico de un pacto que el hombre firma con el mismo Dios. Kierkegaard, evidentemente, está en la base de esto, pero el mismo pensador danés no fue sino la parte visible del gran témpano sumergido que es la tradición nórdica de rito protestante, de matiz veterotestamentario. ¿Cómo explicar, si no, la tristeza individual que envuelve a la misma vida de Kierkegaard, como, también , la de los personajes de Bergman o esta profetisa griega a la que Lagerkvist sabe transformar en representante dolido del género humano?

Los dos protagonistas de La sibila representan las dos religiones: la profetisa había actuado en el templo de Delfos, dedicado a Apolo, y un hombre que venía de Jerusalén y donde, por casualidad, si es que la hay, había sido testigo de la Crucifixión o de la Pasión, como dijeron Gabriel Miró y Papini en libros paralelos [sic]. El hombre vivía en la calle por donde pasaba Jesucristo, camino del Gólgota. Cansado, quiso apoyar su cabeza en la pared exterior de la casa del hombre y éste se le negó por miedo, por conformismo, por cobardía terrenal. Y entonces Jesús lo había condenado a vivir eternamente en este mundo. Es como una anticipación de Ahasverus, el judío errante. En un principio, el hombre no quiso aceptar la condena. No creía en ella ni en la divinidad del que la había pronunciado. Pero, con el tiempo, aquello se había vuelto una pesadilla, su mujer y su hijo lo habían abandonado "porque sus ojos habían envejecido", habían perdido la luz bajo el peso de la condena y, más tarde, morirán de pena en un pueblo lejano, mientras el hombre abandonará su país y empezará su destino vagabundo, para llegar un día a Delfos y buscar a la profetisa que explicaba a los mortales los misterios de su existencia, inspirada por el dios. Pero nadie quiso hablarle. Al enterarse de que una antigua pitonisa se encontraba en el monte, donde vivía sola, junto con un hijo idiota, se subió por un sendero hasta dar con ella. Y entonces el hombre contó a la sibila su drama y, luego, ésta cuenta el suyo a su visitante inesperado.

Recuerdo esta historia porque me parece realmente representativa para lo que pretendo exponer aquí: hija de unos campesinos pobres, vecinos de Delfos, la sibila había sido elegida por el dios, muy joven ya, había tenido que abandonar a sus padres para volverse sacerdotisa, se había desposado con el dios en el fondo de una caverna, donde, una vez poseída por el espíritu divino, clamaba, en medio de las miasmas que brotaban desde las entrañas de la tierra, unas palabras que los sacerdotes interpretaban a su manera y que tenían que ver con los individuos o con las ciudades griegas y sus intemperies históricas. Algo hubo en Delfos, esto me parece más que evidente, y no se trató sólo de marrullerías seudomísticas, puesto que el oráculo funcionó durante más de mil años y perdió su fama y su eficacia sólo con la venida del cristianismo. Una vez, al terminarse el período de las fiestas en honor a Apolo, la sibila regresó a su hogar, con el fin de ayudar a su padre, ya que su madre acababa de morirse. Y fue así como conoció a un joven, que había regresado al pueblo, después de varios años pasados de soldado en las guerras de la península, en las que había perdido un brazo. Los dos se enamoraron el uno del otro, vivieron una temporada de pasión entre los olivos y las montas, hasta que ella se atrevió a confesarle quién era. Pero el joven no se había conmovido. Algo, sin embargo, intervino entre ellos, la misma furia del dios ofendido, traicionado por la sibila. De vuelta al templo, se entera de que su amante había sido asesinado, de manera misteriosa, víctima quizá de Apolo en celos, pero de la traición nadie se entera hasta el día en que la sibila se da cuenta de que había quedado embarazada. La furia del pueblo la echa del templo y busca refugio en la sierra, donde vive de hierbas y de la leche de las cabras, que la ayudarán a lo largo de toda su vida aislada, cabras que olían como el dios escondido, testigos de un misterio que la mujer sólo adivina a medias. Se da cuenta de que el hijo tarda en venir y que este atraso es la prueba de que el padre del niño no había sido su amante terrenal, sino el dios misterioso que olía a chivo. Cuando nace el niño, la sibila se da cuenta de que era un idiota. No hablaba, no oía, estuvo durante muchos años como clavado en la cueva donde la antigua pitonisa pasaba sus días recordando a su amante, pero también la intensa pasión que le dedicaba el dios al poseerla en el santuario. Pero todo era duda. "Sin embargo, a veces me he preguntado a mí misma si no era un dios que está sentado aquí, a mi lado, con su eterna sonrisa; un dios que desde aquí mira su templo, su Delfos, todo el mundo de los hombres y no hace más que reírse de todo."

En aquel momento, terminando su larga confesión, la antigua pitonisa observa que su hijo había desaparecido. Y empieza entonces una búsqueda por la montaña hasta que encuentran rastros del hijo, pasos cada vez más pequeños en la nieve. A medida que el hijo subía, se hacía más pequeño, se volvía un niño, hasta que desapareció en los cielos, regresando de este modo a su verdadero hogar. Entonces el hombre, que la había acompañado y que no había recibido de la sibila ninguna respuesta acerca de su destino, comprendió: "Entonces pensó en aquel hijo de dios que tenía la culpa de su destino lamentable, el que le había lanzado aquella espantosa maldición. También él se había elevado a los cielos, con la misma facilidad, desde una montaña, conducido en una nube por el dios padre, según afirmaban quienes lo amaban y adoraban. Pero antes había sido realmente crucificado y eso, en su opinión, lo hacía tremendamente extraordinario y llenaba su vida de sentido y de importancia, en toda forma y para todos los tiempos. En cambio, aquel otro hijo de dios parecía haber nacido sólo para sentarse a la sombra de una choza en ruinas y contemplar desde allí los varios inventos y los esfuerzos de los hombres y la magnificencia de su propio templo, y no hacer luego otra cosa que reírse de todo." Contemplar, diríamos, la ruina de su propia religión, ya que otra acababa de nacer.
¿Qué es Dios, pues? Un ser cruel y perverso, según la conclusión del hombre maldito. Alguien capaz de no perdonar a la sibila porque había pretendido amar a otro, al judío porque se había negado a que Dios apoyase su cabeza cansada en la pared de su casa. Maldito o bendito, el hombre es un ser eternamente vinculado a Dios. ¿Qué es lo que hace Kierkegaard en el momento en que su padre le revela el temor de su vida? Había maldecido a Dios en su juventud y esperaba que la ira del dios ofendido cayese sobre él. Y porque no había caído, estaba seguro de que caería, el día menos pensado, encima de su hijo, el filósofo. Dice la sibila, al final: "Deseas que yo vea el futuro. Me es imposible. Pero por lo que sé de la vida de los hombres y en la medida que me es posible vislumbrar el camino que les espera, puedo ver que jamás escaparás a la maldición o a la bendición de dios [sic]. Sea lo que fuere lo que ellos piensen o hagan, lo que creen o no creen, su destino siempre estará atado a dios [sic]. "

Tremenda visión del hombre como individuo y como historia. Sí, los dos dioses eran diferentes como aventura sagrada, por así decir, sin embargo, su técnica personal en cuanto actitud ante los hombres era la misma y tanto el judío como la pitonisa griega habrán de vivirla en su carne. La distancia me parece grande entre esta perspectiva protestante, en la que padece Kierkegaard también, y en la que vive como crucificado Kafka, en el marco de la misma actitud ante Dios, y la perspectiva del Nuevo Testamento, en la que Dios es perdón y amor. Dios puede pedirnos sacrificios y hacernos sufrir, como a los personajes del teatro de Claudel -sufrir es lo que caracteriza la condición humana- pero, más allá de la carne, está la promesa basada en el amor. ¿Adónde han llevado a los pueblos estas dos maneras de enfocar a Dios? Es algo que trataremos de contestar aquí a lo largo de las próximas notas críticas, íntimamente relacionadas con este enfoque. Porque las tres religiones, o mejor dicho, los tres matices del cristianismo han contestado de modo distinto la gran pregunta sobre el destino de los hombres en su permanente relación con Dios. Y de esta respuesta ha dependido siempre el color mismo de la civilización. 

Vintila Horia, en El Alcázar, 1985


*En efecto, se trataba de tres artículos bajo el título común de "Tres retratos casí históricos", y los otros dos se dedicaban al Greco y al diablo. Este último lo perdí.

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