sábado, 2 de febrero de 2013

Visconti contra Thomas Mann




No he podido aguantar más que un cuarto de hora la conversación de los sabios alrededor del tema del SIDA, ilustrado, hasta cierto punto, por "Muerte en Venecia", la película que Visconti sacó de la famosa novela de Thomas Mann. El libro ha sido publicado en 1912, en pleno desarrollo del expresionismo alemán, era el segundo libro importante del autor y planteaba un tema que algo tenía que ver con la problemática estética de finales del XIX y principios del XX y con las preocupaciones renovadoras de los vanguardistas de la época, a las que Thomas Mann no se adhirió jamás, de manera expresa y elocuente, pero cuyo impacto sufrió a lo largo de toa su carrera literaria. Y no aguanté aquel programa como tampoco aguanto la película, porque todo el conjunto de "La clave" del viernes pasado me pareció lastimado desde un principio por un desconocimiento total -por parte de Visconti como por parte de los dialogantes- de la novela, como de las intenciones de su autor. Thomas Mann no fue ni comunista ni cliente in spe del SIDA, tuvo muchos hijos y llevó una vida sentimental normal y, por el otro lado, fue un burgués, de derecha cuando escribió "Muerte en Venecia" y de centro cuando se pasó, después de 1918, del lado democrático o liberal de las cosas.

He aquí la lista de las traiciones de Visconti respecto de la novela: el protagonista es un escritor, el de la novela es un músico; Aschenbach, el escritor de la novela, no es homosexual; nunca aparecen en el libro mensajes relacionados con la lucha de clases, como la penosa escena en el hotel del Lido, según Visconti, cuando la pobre gente que viene a tocar para los ricos es echada de mala manera por el personal de servicio; nunca Aschenbach encuentra a una tal Esmeralda, personaje que sólo aparece en la literatura de Thomas Mann cuarenta años más tarde, en su novela "El doctor Faustus", cuyo ideario interior nada tiene que ver con el de "Muerte en Venecia". Una mala mezcla de malas y desahuciadas dinamitas. No hay nada más falso, más traído por los pelos, más seudorromántico, más pasado de moda, más perverso hasta lo ridículo que las películas de Visconti. Todas ellas llevan un mensaje de "liberación". "Muerte en Venecia", como decía uno de los participantes en "La clave", es "un himno a la liberación". ¿Pero qué liberación? ¿En qué página de su libro habla Thomas Mann de la liberación? De la liberación de los marginados homosexuales, quería decir el médico libertador, como si éste hubiera sido el padre del cordero, dicho sea en lenguaje machista.

Sin embargo, Thomas Mann plantea en su magnífica novela el problema de la liberación, sin mencionar la palabra y sin pensar en ella como iba a hacerlo Visconti traicionando al autor sin el menor reparo. Se trata de la liberación del espíritu encerrado en un cuerpo, según la interpretación que Platón da al asunto. Lo estético, en el libro, se vuelve instrumento de dicha liberación. No se trata de ninguna liberación de los marginados, sino del tema más serio de la vida, que es el de la muerte como prolongación liberada, más allá de las limitaciones marginadoras de la cárcel corporal o somática. Por este motivo, el adolescente, que aparece en la película bajo el aspecto de un cuerpo deseado por el músico pederasta, no representa en la novela más que el vehículo, el Hermes Trismegisto, que lleva las almas desde la finitud del cuerpo a la libertad sin límites del espíritu inmortal. Es el papel que desarrolla la belleza, lo bello platónico, desde que el hombre se ha transformado en un imitador del padre, en creador de belleza. Cualquier obra maestra es capaz, según esta interpretación, de movernos hacia la eternidad, es decir, hacia la más correcta de las interpretaciones. Y es lo que Visconti fue incapaz de comprender, o, si lo fue, sus vicios políticos y corporales le impidieron realizar lo comprendido. Y nos encontramos de repente con lo caduco que destroza desde dentro toda la falsa creación de un director de cine incapaz de pasar por encima de sus vicios e inclinaciones y crear algo en consonancia, no con lo peor de sí mismo, sino con los ideales descubridores de la verdad, que solo los auténticos liberados, los artistas normales, o geniales, o vencedores, a través del arte, de sus propias limitaciones, con capaces de realizar. 

Juan Dacio (Vintila Horia), en El Alcázar, 1985

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