Blog dedicado a divulgar algunos de los artículos de crítica literaria publicados por Vintila Horia a mediados de los 80.
sábado, 2 de febrero de 2013
Visconti contra Thomas Mann
sábado, 15 de diciembre de 2012
La profetisa
Pienso presentar en este tríptico* a unos personajes que han
tenido existencia histórica, pero que no tienen identidad, como han sido las
pitonisas de Delfos, enfocadas por Pär Lagerkvist en su novela La
sibila, o el demonio, reactualizado por el cardenal Ratzinger en el
marco de un proceso histórico que parece resucitar y otorgar realidad a su
figura, tan explotada por los literatos de todos los siglos cristianos, y, por
fin, tratar de entender y explicar lo que el novelista español Jesús
Fernández Santos reconstruye a su modo en la novela El Griego,
dedicada a dar vida a uno de los pintores más grandes de todos los tiempos y
que no tiene todavía ni calle ni estatua en Madrid. Juntando aquí estos
"casos" es posible que lleguemos a una conclusión, valedera para los
tiempos malos que estamos viviendo, iguales quizá a todos los demás, dominados
por algo que el presente tríptico lograría posiblemente poner de relieve. martes, 6 de noviembre de 2012
Justicia para el duque de Alba
viernes, 26 de octubre de 2012
El secreto de Dalí
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jueves, 9 de agosto de 2012
Los desconocimientos del señor Pérez
No, no me refiero a las travesuras del padre de Mariquita.
Ni siquiera sé si existe. El señor Pérez, cuyas incertidumbres intelectuales,
cuyas ausencias [sic] y cuyos titubeos voy a comentar hoy, no es ni más
ni menos que un ex presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, autor
de un largo artículo aparecido en el ABC del 21 de noviembre, bajo el
título de "Democracia e integración iberoamericana", título ni carne
ni pescado, tan neutro y tan cualquiera como tantos artículos y hasta libros
que se publican hoy para glorificar el cambio en España, cambio cuyo autor ha
sido, por un lado, el medieval Franco, y, por el otro, el pueblo
español, tal como lo desconoce el señor Pérez, y no voy a referirme al
profundo pensamiento político del ex presidente, digno de comentarios más
acérrimos [sic] que los míos -y en este sentido le doy toda la razón a Juan
Blanco, que hizo del señor Pérez un blanco ideal, donde todas las
flechas, sin piedad, no tuvieron más remedio que dar en la diana-, sino a su
extraño y obsoleto parecer acerca de la Edad Media. Me pregunto qué libros haya
[sic] podido leer este señor que llegó a ocupar la presidencia de uno de
los países más importantes de Hispanoamérica, qué clase de profesores habrá
tenido en el colegio, cuál es su preparación general, qué es lo que pensará
acerca de temas más complicados todavía, cómo se habrá desarrollado [sic]
para gobernar desde lo alto de su función a todo un país durante cinco años...
Si miro la política mundial a través de la preparación del señor Pérez,
entonces me explico ciertos desvaríos, ciertos fracasos, cierto malestar que no
parten de los pueblos, sino de la incertidumbre intelectual de sus actuales
dirigentes. En un solo párrafo el señor Pérez mete la pata a fondo, y en
varios temas importantes a la vez. Escuchen esta corta y elocuente obra maestra
de la más infatuada impreparación [sic]:
impedir el contacto entre la
cultura española y la europea. El señor Pérez cree que los Pirineos
impidieron, desde este otro lado, el contacto entre los españoles y los
beneficios culturales europeos, por ejemplo, del Renacimiento. Los Pirineos no
constituyeron ningún obstáculo para que Europa fuese España durante más de un
siglo, cuando todo el mundo hablaba español y cuando todos vestían y pensaban a
la española. Si España se opuso a la entrada de ciertas ideas, las de la
Reforma, por ejemplo, lo hizo para bien y no para mal. Defendió su
idiosincrasia, que creó un estilo, una civilización, una enorme cultura
universal. El Renacimiento, a lo mejor el señor Pérez quiere decir el
humanismo, penetró aquí hasta el nivel que los grandes de España (me refiero a
los grandes de la cultura) se lo permitieron. Cuando Erasmo dejó de
interesar, por motivos que no vamos a discutir aquí, pues echaron a Erasmo.
La biblioteca del Escorial fue, durante mucho tiempo, la mayor y la más rica de
Europa. Y si España fue medieval, no hasta Franco, pero sí hasta finales del
XVII, esto explica la originalidad del mensaje español y la riqueza de sus
creaciones, entre ellas, la originalidad cultural de Hispanoamérica, basada no
en el fanatismo puritano, como lo afirma Toynbee, sino en la libertad de
pensamiento y la humanidad esencial de los Evangelios, que estaban en la base
misma de la conquista. Pero resulta evidente, entre otras ignorancias, la que
el señor Pérez posee a cerca de la Edad Media. La poesía de San Juan
de la Cruz es medieval, y El Greco lo es también, y Cervantes
y la mentalidad ecuménica española, opuesta al nacionalismo estrecho de los
maquiavelistas renacentistas. ¿Es que el señor Pérez no conoce la
inmensa bibliografía, nueva y actual, que da cuenta de una Edad Media
luminosa, abierta, culta, humanista avant la lettre, y que resulta más
interesante para el ser humano que la crueldad política del Renacimiento y su
regionalismo inspirado en El Príncipe? Compare el ex presidente el libro
de Maquiavelo con el De Monarchia, de Dante, y con ciertos
textos de Alfonso X el Sabio y descubrirá atónito la diferencia entre
Edad Media y Renacimiento. España fue medieval hasta finales del XVII y no
hasta Franco. ¡Dios mío! Cuando España abandona la Edad Media entra en
la Edad de las tinieblas, que fue el siglo XVIII, el más bajo y ruin en la
historia de la Península. Y gran parte del XIX lo fue también, al ser dominado
por un racionalismo humanista completamente ajeno a las verticalidades de este
pueblo. Y podríamos seguir, párrafo por párrafo, comentando aberraciones y
estulteces [sic] de primera magnitud, pero no queremos cansar a nuestro
paciente lector. Ya me he cansado bastante yo mismo leyendo y comentando las
vacilaciones del alumno Pérez, tan seguro de sí mismo como una manzana
agujereada puede estar segura del gusano que lleva dentro. viernes, 3 de agosto de 2012
Teóricos izquierdistas y democracia orgánica
Por este motivo, entre otros, me parece abrumadora y digna de admiración la tarea que se ha autoimpuesto Gonzalo Fernández de la Mora leyendo y comentando a Los teóricos izquierdistas de la democracia orgánica (texto de primera calidad editado, desafortunadamente, en una colección exenta de ángel tipográfico como es "Época", de Plaza & Janés, Barcelona 1985). Según la tesis del autor, tanto Sanz del Río como Giner de los Ríos, Madariaga como Besteiro y demás representan una doctrina que nada tiene que ver con los anhelos ideológicos y políticos de la izquierda española, su contemporánea. Mientras aquellos intelectuales lo que defendían era un pensamiento contrarrevolucionario alemán, procedente de Ahrens y de Krause, los izquierdistas formando parte [sic] del movimiento socialista como del comunista, preparaban posiciones revolucionarias que nada tenían que ver con la democracia orgánica.
¿Qué es la democracia orgánica? "El organicismo social reconoce que la sociedad es una realidad dada en la que algunos hombres excepcionales pueden introducir innovaciones progresivas. Esa sociedad se estructura y se desarrolla orgánicamente y no es susceptible de una brusca reordenación voluntarista. El individuo o expresa ante la sociedad sus deseos personales o representa los intereses comunes del grupo que conoce y al que pertenece; en esto último consiste la representación orgánica."
La introducción al libro de Fernández de la Mora, igual que el primer capítulo, están dedicados a poner de relieve los méritos tradicionales del "organicismo social", el cual, desde el punto de vista político, representaría un corporativismo que logró encarnarse tanto en el fascismo como en la doctrina de Salazar y, por supuesto, en la organización estamental del franquismo. Sólo el reduccionismo y su dialéctica, pura aporía, o sea, toda la política de la posguerra concentrada en la defensa y difusión de las ideas de una izquierda antiorgánica, o utópica, han logrado hacer confundir en la mente de las gentes el corporativismo con la anti-democracia. "Así es como, al paso del cambio constitucional, la democracia orgánica se fue convirtiendo en algo proscrito. Pero la mencionada ecuación (antidemocratismo-corporativismo) es incompatible con los hechos probados y, por lo tanto, falsa." Nos encontramos aquí con la diferencia que se suele establecer entre derecho positivo y derecho natural, invento de los individuos el primero, tendente a evolucionar hacia el más cerrado dogmatismo (los llamados derechos humanos, por ejemplo), creación natural en el marco de la misma evolución de las sociedades, el segundo; sociedades racionales, como las llama Hayeck, y sociedades basadas en la moral tradicional. Una falsa democracia que avanza hacia el totalitarismo, y una democracia auténtica u orgánica, que pocas veces logra imponerse a lo largo del siglo XX, pero sí con mucho éxito.
Fernández de la Mora describe la evolución de la democracia orgánica a lo largo de los milenios, empezando por Grecia para llegar hasta Hegel, Fichte y Krause, siendo Enrique Ahrens su máximo exponente en el siglo XIX. "En la España decimonónica, los campeones de la democracia orgánica no fueron los tradicionalistas, sino los krausistas que militaban en la izquierda política, especialmente Julián Sanz del Río, Nicolás Salmerón, Francisco Giner de los Ríos y Eduardo Pérez Pujol." Hubo krausistas "residuales", como los llama el autor, en el siglo XX, como Fernando de los Ríos, Madariaga, Posada o Besteiro, y fue Giner de los Ríos quien forjó el concepto de "democracia orgánica" al que se adhirieron varios tradicionalistas, como Vázquez de Mella, Brañas, Ángel Herrera y otros, y hasta Ramiro de Maeztu, al que Fernández de la Mora dedica páginas muy convincentes y reactualizadoras.
¿Qué es lo que subsiste y florece ante la doctrina organicista? El "atomismo abstracto", el cual, basado en Locke y en Rousseau, "entraña la demolición de la antigua sociedad orgánica." No entiendo muy bien el porqué de la presencia de E. Wilson, si es que el amigo Gonzalo se refiere a E. O. Wilson, autor de La humana naturaleza, en este libro tan bien pensado, y de su sociobiología, pero a lo mejor volveremos un día sobre un tema sumamente interesante desde el punto de vista que hoy nos ocupa: el de la clara separación entre una tesis natural organicista, en el sentido tradicional y ético de la palabra, y la falsa doxa izquierdista montada en el atomismo abstracto de sus desarrollos utópicos. Puede que haya varios tipos de organicismos -y, en este sentido, la diferencia puede ser enorme entre Mussolini, por un lado, y los liberales organicistas del siglo XIX- y, en este caso, comprendo la presencia de Wilson en este debate. Sin embargo, es preciso colocarle en el rincón obsoleto y radical que le corresponde, rechazado hoy por psicólogos y sociólogos partidarios de tesis mucho más evolucionadas y que estarían más cerca, sin duda alguna, de Ramiro de Maeztu que de los krausistas. También Leviathán es organicista.
Lo que hoy llamamos "democracia orgánica", concepto, como hemos visto, acuñado por la izquierda decimonónica, no ha logrado sobrevivir sino en regímenes de derecha, corporativos, en cuyo marco se ha realizado el sueño antiguo, del que hablaron tanto Platón como Aristóteles. El mismo principio de "un hombre, un voto" no es orgánico, sino que representa la utopía parlamentaria mal llamada democrática. La auténtica democracia orgánica conoce otro tipo de estructuración electoral que es el de las corporaciones, donde "un hombre, un voto" tiene otro sentido, no igualitario, mientras lo orgánico, en el marco mayor de lo político, tiende forzosamente hacia lo jerárquico, donde la democracia vive de otra manera, quiero decir de manera natural, no demagógica.
Es impresionante, en el libro de Gonzalo Fernández de la Mora, la lista de los pensadores que se han dedicado a alabar la democracia orgánica. Los hay de todos los matices, como es natural, desde la derecha hasta la izquierda, desde los católicos hasta los masones, desde Renan hasta La Tour du Pin. La Democracia Cristiana, si existiese de verdad en algún país, tendría que ser corporativa, y no lo es en ninguno y sobre todo en Italia donde fue el fascismo quien tuvo el valor de realizarla. Pero, como observa el autor, el fascismo no es hoy un concepto que podamos manejar tranquilamente, desde un punto de vista científico, "... sino un arma política que se ha utilizado incluso contra De Gaulle". Y contra todo enemigo espontáneo o permanente de la utopía. En un libro muy significativo, publicado hace más de diez años en Italia, titulado Tutti fascisti, por Claudio Quarantotto, se citaban textos polémicos aparecidos en la prensa de la izquierda en el poder (la utópica, claro está) donde el intercambio de insultos entre unos y otros, marxistas ortodoxos y heterodoxos, llegaba a cumbres insospechadas. Tanto Tito como Mao fueron llamados fascistas por la prensa soviética, mientras los albaneses tildaban de fascistas, cada dos por tres, a los hombres de Moscú, lo que empieza a tener hoy cierto sentido, pero siempre dentro del deterioro y la caricaturización anticientífica del concepto "fascista", que nada tiene que ver con la realidad.
Es un mérito enorme el de Fernández de la Mora el de haber vuelto a leer textos cubiertos por tanto justo polvo, pero el resultado está a la vista y me parece que su exposición, tan sintética y tan objetiva, constituye un argumento terrible ante la falta de argumentos de la otra izquierda, la que detiene [sic ¿por detenta?] el poder y que no puede justificarlo ni siquiera desde el punto de vista ideológico. Un libro para no leer de noche.
sábado, 15 de octubre de 2011
El poeta que abandonó la poesía
El novelista norteamericano Henry Miller, autor del Trópico de cáncer, escribió un ensayo sobre el poeta Arturo Rimbaud (El tiempo de los asesinos, Alianza Editorial, Madrid, 1983). Miller formó parte, como es sabido, de la “generación perdida” y abandonó su país. “Como Rimbaud, escribe, yo odiaba el lugar en que había nacido; y lo odiaré hasta el día de mi muerte. Mi más antiguo impulso es el de huir de casa, de la ciudad que detesto, del país y de su gente con la que no siento nada en común.” Estas líneas deben haber sido escritas en los años cincuenta, ya que el autor afirma en el prefacio que en el mes “... de octubre pasado se cumplieron cien años del nacimiento de Rimbaud”. En efecto, el autor de “Una estación en el infierno” nació en 1854 y falleció en 1891. igual que Dos Passos o Hemingway, Miller empezó por odiar a su propio país para enamorarse más tarde de la gente y del paisaje que no le decían nada en su juventud, hasta tal punto que se retiró encima de un acantilado mirando hacia el Pacífico y escribió sus últimos libros en son de patriotismo yanqui. Lo que es normal y representativo. Resulta difícil no tener caprichos en los años de la juventud, sin embargo la experiencia, si es que trae sabiduría, nos devuelve al cauce antiguo o tradicional, dentro del cual el amor a la patria constituye un valor fundamental.
De la misma manera, Rimbaud se embarca en la locura de la Comuna de París, en 1871, luego se aparta de ella horrorizado, escribe sus poemas y abandona Francia y la poesía a la vez. Vagabundeará por África, traficará con armas y esclavos, con el fin de ahorrar dinero y regresar, si no rico, por lo menos con un dinero suficiente para “liberarse”, como él decía, de toda preocupación material. Consigue ahorrar cuarenta mil francos, pero se pone enfermo, tiene que regresar, es internado en un hospital de Marsella, donde le amputan una pierna y donde fallecerá a la edad de treinta y seis años. El sacerdote que lo confiesa horas antes de morir afirma ante su hermana Isabel que nunca había encontrado un cristiano tan auténtico. Desde el comunismo y el ateísmo el camino había sido largo para llegar otra vez a Francia y a la fe. Pero Rimbaud llegó. Quizá sea este el camino menos recto y más correcto.
Escribe Miller con mucha agudeza: “Había identificado su destino personal al [sic] de la época más crucial de que el hombre tuviera noticia... Si el poeta no puede hablar ya en nombre de la sociedad, sino sólo en el suyo propio, es que hemos quemado el último cartucho... ¿Cuál es la tendencia actual de la poesía y dónde está el eslabón entre el poeta y su auditorio? ¿Cuál es el mensaje?... ¿Cuál es la voz que se hace escuchar ahora, la del poeta o la del hombre de ciencia? ¿Nos preocupa la belleza, por amarga que sea, o la energía atómica? ¿Cuál es la principal emoción que inspiran actualmente nuestros grandes descubrimientos? El espanto. Poseemos el conocimiento sin la sabiduría, la comodidad sin la seguridad, la creencia sin la fe.” Cada vez más clara y obsesionante se apodera de nosotros la sensación de que alguien, en el pasado próximo, tuvo la intuición de esto. Quizá el mismo Rimbaud, como también Nietzsche y Dostoievski. Y puesto que la segunda mitad del siglo XIX “... fue uno de los períodos más malditos de la historia”, y después de la terrible experiencia de la Comuna, Rimbaud comprende que “... la revolución es tan vacua y nauseabunda como la vida cotidiana de sumisión y conformidad”.
Pensamientos profundos a los que no resulta difícil adherirse. Creo, sin embargo, que la antipatía de Miller para con la ciencia no está justificada. Es curioso cómo un escritor norteamericano no haya podido alcanzar un conocimiento exacto del mensaje de la ciencia, sobre todo ahora, cuando al margen de las ideologías, la ciencia nos ayuda a recuperar valores perdidos. Pero Miller pasó muchos años en un París descompuesto, frágil y letal, que coincide con frágiles e impertinentes conocimientos, como buena parte del surrealismo. Andrés Breton fue también un ignorante ante la novedad científica y, junto con él, los surrealistas disidentes de Luis Aragon, los marxistas clamando por la libertad dentro de la misma cárcel soviética, con sede en París, o en Roma, o en todas partes donde el poeta occidental podía gritar impunemente, como hoy los verdes alemanes, en contra de la burguesía, podrida sí, pero libre, y a favor de los comunistas, más podridos todavía porque exentos de la conciencia de la libertad. Fue quizá Cortázar quien mejor dio cuenta de lo que fue París después de la primera como de la Segunda Guerras Mundiales [sic], porque supo poner de relieve el sentido de hoguera de las almas que aquella ciudad escondía detrás de sus flamantes ilusiones. Si Europa se va a hundir un día, bajo cualquier tipo de avalancha o inundación humanas, esto se deberá en primer lugar a la incertidumbre que París sembró en las almas durante decenios seguidos, quitándoles cualquier deseo de resistencia y de afán de sobrevivir. Enterró, al lado de sus propios huesos, todo un ejército de almas inocentes. Miller fue una de ellas, pero tuvo la suerte de volver a encontrar su camino que le llevó, por fin, allí donde había empezado. Quizá como Rimbaud. Por este motivo, probablemente, podríamos situar a los dos dentro de una actitud justa ante la vida, siendo justo sinónimo de derecha.
Juan Dacio (Vintila Horia) en El Alcázar, noviembre 1984
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