viernes, 20 de abril de 2007

Koestler o el suicidio nominalista


En medio de una interesante y actualísima tertulia, donde se suele hablar de todo, en torno a una personalidad política española de mucho relieve intelectual, alguien planteó el otro día el tema del exilio relacionado con el destino de Arthur Koestler. Este exilio esconde desde el principio en su trayectoria, la idea del suicidio. Solzhenitsin, se dijo, iba a terminar de la misma manera, ya que nadie puede seguir vibrando en tierra extraña con la misma intensidad que en la de donde ha sido arrancado. El suicidio de Koestler sería, pues, una fatalidad relacionada con el exilio.

Yo creo que no es así. En primer lugar, porque no todos los exiliados se suicidan. Asistiríamos hoy a un increíble autogenocidio, ya que hay millones, muchos millones de exiliados, salidos de su cauce después de la Segunda Guerra Mundial, o después de lo que pasó en Palestina, o después de Vietnam, o, ahora mismo, después de Jomeini o de la ocupación del Afganistán. La gente, incluso, escoge la libertad, es decir, el exilio voluntario, antes que permanecer en lo que podríamos llamar “la patria del nominalismo”. O sea, del producto de la utopía. Y estoy convencido de que Koestler, que logró desde muy joven separarse de la religión de sus antepasados y preferir el frágil Capital al sólido Talmud, no se hubiera suicidado, a pesar de todo, si no hubiese abandonado la base religiosa de su infancia y la de su raza, que vive en el exilio desde hace milenios y no piensa en suicidarse, justamente porque el fundamento de su existencia no es nominalista, o concretamente materialista, sino religioso. Tampoco se va a suicidar Solzhenitsin, a pesar de los rigores a los que está sometido en su exilio, de la misma manera en que fue sometido a otros durante la estancia en su tierra, sencillamente porque el autor de El primer círculo es un hombre profundamente cristiano y de la misma manera en que aborrece el marxismo o el aborto, se niega a aceptar la táctica destructora del suicidio. Sólo los materialistas son tanáticos.


Koestler pudo haber sido uno de los espíritus más abiertos y constructivos de nuestro siglo. Del mismo modo en que Pascal, en un momento revelador y crucial de su vida, escogió la religión y abandonó la ciencia, Koestler abandonó la religión (su religión marxista) y se convirtió a la ciencia. Sus libros, en este sentido, son tan buenos como sus novelas y reportajes escritos durante su época marxista y que culminan con su El cero y el infinito, novela en cuyas páginas asistimos a su cambio interior y a su adhesión a una posición anticomunista. Esto, sin embargo, no fue suficiente. Su mente preclara logró empaparse de muchos conocimientos científicos actuales y comprendió el papel revolucionario que la ciencia interpretó en este umbral de los nuevos tiempos. Pero no llegó jamás a sacudirse de encima la última partícula de polvo materialista y tampoco el pesimismo que acompaña al agnóstico. (El que vive dentro del mal y lo practica sufre mucho más que sus víctimas, afirmaba el poeta Boecio en su De consolatione philosophiae, afirmando implícitamente que el remordimiento y el dolor acompañan permanentemente al hombre que triunfa dentro del mal). Olvidar el hecho fundamental de que, durante muchos años, uno haya sido el cómplice de los campos de concentración estalinistas y de las torturas anímicas y somáticas del universo leninista, no es nada fácil. Sólo la oración y la penitencia nos pueden salvar en casos así, como al piloto que arrojó su bomba sobre Hiroshima. Koestler llegó hasta las cercanías de la cumbre, pero no descubrió en el vasto horizonte que la ciencia abría ante sus ojos, más que destrucción y miseria.


De la misma manera en que Koestler acabó suicidándose , en el marco de su visión parcial del mundo y del hombre, pueden suicidarse pueblos enteros; los que, por ejemplo, votan en masa a los partidos nominalistas, quiero decir sólo parcialmente adheridos a la verdad. Cinco rectores representando a cinco universidades españolas han firmado una proclamación, o una simple súplica, para darle un nombre administrativo al asunto, pidiendo permiso al ministro de la Educación para que los universitarios festejen este año el primer aniversario de la muerte de Marx. ¿Es esto posible? ¿Por qué ha de festejar la Universidad, la élite de las élites, a un pensador cuya doctrina ha sido desecha por la ciencia, como por la filosofía, por la evolución misma de las artes como por la de la sociedad y de la cultura contemporánea en general? Festejar es homenajear. Pero, ¿cuál de las ideas de Marx sirve todavía? ¿Y para qué? ¿Qué es lo que ha quedado en pie de su doctrina, sino el esqueleto más tremendamente inactual de una sociedad de esclavos? Por esto decíamos, no sólo los individuos llegan a preferir el suicidio a la vida, que es apasionada búsqueda, sino también los pueblos.


                                                                                                                          Juan Dacio (Vintila Horia), en El Alcázar, 9 marzo 1983







4 comentarios:

cesar dijo...

Muchas gracias, Jesús. La generosidad de recordar a gente como Vintila no tiene precio. César Utrera-Molina.

Jesús Sanz Rioja dijo...

De nada, César, me alegro de que pases por aquí.

Dekarde dijo...

Me parece valiente y generosa tu idea de dedicar un blog a don Vintila. La conspiración de silencio que desde ya antes de su muerte se abatió sobre el gran Radu Neru, Caballero de la Resignación Infinita, es una de las más espesas e injustas de los últimos tiempos.
Recibe un cordial saludo.

Jesús Sanz Rioja dijo...

Gracias. Me felicito ver que este hombre tiene más admiradores de lo que yo pensaba.