miércoles, 11 de septiembre de 2013

La nueva novela histórica y la moral vertical


Fue el romanticismo y su pasión por el pasado de los pueblos quien creó el género y Walter Scott su primer campeón. Durante el siglo XIX el género conoció un auténtico auge en al marco de la misma preocupación y tanto Víctor Hugo como Alejandro Dumas, Henryk Sienkewicz (con su Quo vadis) o Gustavo Flaubert con Salambó y Pérez Galdós con sus Episodios nacionales, llenaron las conciencias individuales de una auténtica conciencia colectiva o histórica. Los mismos comunistas bolcheviques utilizaron las incursiones de Alejandro Tolstoi (con Pedro I e Iván el Terrible) tratando de encontrar en el totalitarismo del pasado exculpaciones para el presente. Al ser nuestro siglo un tiempo amoral pero, a la vez, necesitado de permanentes justificaciones ante sus fracasos y holocaustos, la novela histórica aparece y desaparece del escenario de la actualidad a medida que los tiranos visibles u ocultos nos privan de esperanza y de futuro. Hundirse en el pasado, con el fin de buscar en su lejanía paralelismos esclarecedores o consuelos de todo tipo, desencadenó oleadas de investigaciones literarias a menudo dominantes. Marguerite Yourcenar, por ejemplo, dominó durante más de dos decenios la novela francesa con su reconstitución del drama de Adriano. Pero los nombres de Mújica Laínez, el mismo García Márquez, Thornton Wilder, Umberto Eco, Gertrud von Le Fort, Robert Graves bastarían para comprender la magnitud del proceso. Y si, como afirman los futurólogos, "el futuro es el pasado", desde la perspectiva de cualquier prospectiva y programación valederas, entonces podemos vislumbrar tranquilamente y hasta profetizar un éxito cada vez mayor para este tipo de novela desocultadora del tiempo humano bajo todas sus dimensiones temporales.

Es una novela recientemente editada en Francia el acontecimiento que me da pie para esta meditación. El novelista se llama Hubert Monteilhet y su libro Nerópolis (Ed. Juillard-Pauvert, París 1984) se ha transformado en pocos meses en el éxito del año. Se trata de una historia siuada en uno de los momentos más simbólicos y, para nosotros, elocuentes, de la historia de Roma, el momento en que Nerón incendia su capital con el fin de arrasarla y sustituirla por una nueva, digna de su gloria, una Nerópolis que nos hace pensar, evidentemente, en la manía destructora y falsamente sustitutiva de los líderes comunistas que han llamado Leningrado a la ciudad de Pedro el Grande, Kaliningrad a la Koenisberg de Kant, Stalingrad, Togliatigrad (pronto habrá un Brejnevgrad, me imagino), pruebas contundentes de un odio para el pasado sólo comparable con la ignorancia, la futilidad y la barbarie de donde han brotado estos cambios basados más bien en la destrucción que en su contrario. Nerón se nos antoja, de repente, como el precursor de esta baja locura antihumana. El personaje principal de la novela de Monteilhet es un joven llamado Kaeso, hijo de un senador que asiste y comprende el peso de la decadencia, el lujo corrompido de la aristocracia, la locura del emperador, pero conoce la filosofía de Séneca y las religiones orientales y se convierte al cristianismo, única posibilidad de salvación en medio de aquel caos.

Creo que se trata de uno de los libros más auténticos de estos últimos años, en el marco de una novelística francesa carcomida por sutilezas estetizantes o politiqueras que amenazan acabar con ella y con la fama que tenía en el mundo. Este libro no es ninguna innovación, pero sí una toma de conciencia muy importante en un momento en que, en Occidente como en la Roma de Nerón, el cambio de los nombres de las ciudades, como la corrupción, la crueldad y el vicio se han vuelto reglas de la vida cotidiana, mucho más convincentes, para los jóvenes sobre todo, que la moral de las religiones. Hasta lo religioso ha llegado a ser interpretado y aceptado desde el punto de vista de la libido. El escándalo, pues, como siempre en estas circunstancias, no ha dejado de asomarse a la actualidad. Monteilhet fue acusado por el crítico literario de Le Monde de antisemitismo porque se permitió hablar de la alianza entre el gobierno neroniano y los judíos en su actuación anticristiana. Nadie puede negar el hecho. Pertenece a la historia y es ésta quien ha de colocarlo en un sitio o en otro, pero comprender hoy aquella situación no es difícil porque las autoridades religiosas y políticas de los judíos buscaban aliados en cualquier sitio, con el fin de combatir una nueva religión surgida de sus propias entrañas, pero dirigida hacia metas distintas. Toda circunstancia histórica de este tipo incluye hechos y actitudes parecidas. No se trata de una acusación, sino sólo y exclusivamente de una realidad perfectamente justificada desde el punto [sic] de su actualidad. Es preciso colocar el hecho dentro de su contexto temporal para comprenderlo por encima de cualquier filo antisemitismo [sic], actitudes que no tienen, en este caso, ninguna razón de ser, puesto que, como afirma el autor en una entrevista, un cristiano no puede ser antisemita siendo el Nuevo Testamento una continuación del Antiguo, una anulación del mismo podríamos decir, pero anulación implica una existencia anterior sine qua non. De estas siniestras escaramuzas alrededor del antisemitismo está lleno este siglo de abusos, de tiranías ideológicas, de falsas actitudes en pro o en contra, sobre todo en los medios intelectuales que han estropeado la vida y la están estropeando desde hace decenios. Es como lo de los derechos humanos. Quien no acepta el gulag, las clínicas de tortura psíquica, la miseria material y la ideología máa aberrante y humillante de todos los tiempos, es un enemigo de los derechos humanos. Quien está de acuerdo con la muerte del hombre es su aliado. Paradoja horrible, típica de un tiempo neroniano.

Pero, sin embargo, hay muchos motivos para criticar a Monteilhet. No es Nerópolis su primer libro ni su primer escándalo. Escribió hace años un panfleto contra Pablo VI de una violencia sólo justificable en el marco de la corrupción de esta Roma que es el mundo occidental y que quiere cambiar de nombre como también de dioses. Acusó al Papa del Concilio Vaticano II de haber pregonado "la doctrina de la bondad original del hombre, capaz de realizar su salvación por sus propias fuerzas". Doctrina nefasta, herejía pelagiana condenada por el Concilio de Éfeso en 431, causa primera de todas las desviaciones anticristianas, pues antihumanas también, como la de la Revolución Francesa cuando los ciudadanos se autosalvaban bajo la batuta humanista de Danton y Robespierre y, más tarde, bajo los cantos esteparios de Lenin y Stalin. Los derechos humanos prodecen de aquella aberración introducida por Pelagio e imitada por los desviacionistas revolucionarios de todas las épocas neronianas. Lo que ha creado en el mundo (pagano ayer, neopagano hoy) un fundamento para la perdición del hombre ha sido precisamene, según Monteilhet, su adhesión a la moral horizontal del paganismo o de los paganismos de siempre. En efecto, para el hombre elevado hacia Jehová, o hacia Cristo, no se trata de unos dioses inmanentes capaces de provocar en nosotros sólo la imitación de sus gestas y fechorías, siempre sangrientas y corrompidas, sino del Dios celoso y espriritual que nos contempla día y noche desde su posición metafísica trascendental. Con el cristianismo -y es su revolución- pasamos a otra dimensión, nos volvemos seres humanos (según Fellini y Pasternak), rompemos con el pasado o la prehistoria.


He aquí un ejemplo, propuesto por Monteilhet: la ley romana prohibía las relaciones homosexuales entre los ciudadanos porque lo moral era lo que servía a la ciudad. Un hombre, si tenía familia e hijos, si había cumplido con la ley, podía tranquilamente tener relaciones con un esclavo o un liberto. La moral no contemplaba, en su enfoque social y político horizontal, este tipo de relación. Nerón se casó dos veces con dos hombres, pero no con ciuddanos romanos sino con esclavos. Ni siquiera el emperador loco se atrevió a infringir la lex. El hombre pagano fabricaba él mismo su moral bajo el imperio de una utilidad terrenal limitada. El placer no abandonaba nunca esta horizontalidad. El amor no existe en la antigüedad, como tampoco existirá durante la Revolución Francesa y su continuación soviética. Y tampoco existe si lo separamos de la moral vertical. La degradación del matrimonio, el aborto, la homosexualidad, la desnatalización, la violencia generalizada, no contemplada por la ley horizontal o socialista, la droga, el placer por encima de todo, los derechos humanos, dan cuenta perfectamente del sentido neroniano de nuestra época. "Sólo el judío piadoso", afirma Monteilhet, ha permanecido vertical desde sus orígenes." Pensamiento profundo en cuya estela testamentaria yo incluiría al buen cristiano también.

Pero, afirma el novelista, el cristianismo ha muerto con [el] Vaticano II. Durante dos milenios Dios "ha tratado de evitar los desastres del pecado original", pero ante la pesadez de la naturaleza humana el experimento no ha tenido éxito. La moralidad neroniana que todo lo domina da cuenta de esta tragedia. No quiere decir que no haya cristianos en el mundo, y los seguirá habiendo durante mucho tiempo, de la misma manera en que sigue habiendo bonapartistas, legitimistas o carlistas. Lo que le parece evidente es que un Concilio haya [sic] puesto punto final a la moral vertical en sí [,] a un movimiento universal creado por Dios a favor del hombre y estrangulado por éste después de dos mil años de esperanzas. ¿Es esto así? Los años que vienen confirmarán esta tesis, tan pesimista, o la aniquilarán en sus mismas raíces que, al ser históricas, proyectan sus sombras sobre nuestro propio futuro. 

Vintila Horia, en El Alcázar, octubre 1984

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domingo, 1 de septiembre de 2013

El nuevo Pinocho de Sigfrido Bartolini



Se me ocurre ver en el Pinocho de Collodi algo así como una lejana herencia del Decamerón de Boccaccio, no sólo porque los dos autores son toscanos y nacen bastatne cerca el uno del otro, pero [sic] también porque la obra del escritor humanista, amigo de Petrarca, es un texto destinado a las mujeres, como él mismo lo dice (narraciones "escritas para alejar la melancolía de las mujeres"), de la misma manera en que las aventuras del títere han sido imaginadas y redactadas con el fin, quizá, de alejar la melancolía de los niños. Es posible que los niños, y sobre todo los adolescentes, sean más tristes y descorazonados en su quehacer cotidiano, vinculado a los deberes de la escuela y a los altibajos del crecer físico y espiritual, que las mujeres y que tengan más necesidad que ellas de lecturas motorizantes [sic]. Pues creo que no hay texto más divertido y, al mismo tiempo, más formador, en el sentido ético de la palabra, que la obra maestra de Collodi, escrita a finales del siglo XIX (empieza a publicarse por entregas el 7 de julio de 1881 en el Giornale per i bambini), en un momento en que D´Annunzio, Dostoievski y Nietzsche empiezan o terminan su carrera fulgurante en una Europa cansada de lo clásico, de lo repetitivo y de lo realista. Algo nuevo está despuntando llevando [sic] nombres como los de Rimbaud, Céline, Van Gogh, la generación del 98 y las próximas vanguardias, coronado el todo por las revelaciones revolucionarias de la nueva física. El socialismo, y su corolario comunista, tratará de presentarse al mundo como el último grito del pensamiento y de la esperanza y no será sino su propia tumba cansada de la vida y de la muerte. Era difícil ser niño en una época así.

Y aparece Pinocho, con el fin de ayudar en al vasto y profundo proceso de la metamorfosis occidental. Magno consuelo que los niños de hoy no han logrado tener, o no lo han merecido.

He vuelto a leer el texto ilustrado por las 300 xilografías del pintor, toscano también, Sigfrido Bartolini (editado por la Fundación Nacional C. Collodi, Pescia 1983) y no dejo desde entonces de pensar en el más espontáneo y natural paralelismo: la historia de Pinocho es la de Gregorio Samsa, el personaje de Kafka que, al levantarse, una mañna, se da cuenta de que se había tansformado en un gusasno. Con Pinocho sucede al revés: el títere de madera se despierta, transformado también, pero en persona humana. Es, de repente, un joven como los demás, después de haber pasado toda su niñez, en son de engaños, desde el momento en que Gepetto compra un trozo de madera y le da forma de "burattino", hasta el momento cumbre de su vida que consiste en salvar a su padre encerrado en el vientre de un monstruo marino. Todo lo había comprobado y sufrido: golpes, amenazas de muerte, hambre, viajes aéreos, muerte en la horca, dejándose siempre llevar por sus malas ganas escolares y por su permanente deseo de pasarlo bien. Su tendencia al hedonismo, que es la de los niños que no quieren estudiar y se imaginan la vida como un eterno juego, acaba un día cuando su esencia auténtica, la de futuro hombre útil a los demás, le empuja a salvar a su padre-escultor. El niño se transforma en aquel momento en un joven de verdad. No sin haber cruzado todos los paisajes del mal. El cambio de forma (metamorfosis) se produce en el momento oportuno, en un final feliz que espera, se supone, a todos los niños. Mientras que en el cuento de Kafka el cambio supone otra cosa: el momento quizá en que el adolescente se despierta de verdad, un día triste pero revelador, en que el poeta escondido en el fondo de su conciencia se da cuenta de que su misma vocación lo transforma en algo poco semejante a los demás. La alegoría es muy clara y es posible que Kafka mismo la haya vivido, junto con tantos poetas. Baudelaire la había cantado en los versos desgarradores de "Bendición", el primer poema de sus Flores del mal.

Mi amistad con Sigfrido Bartolini se produjo de forma casi milagrosa. Nos conocimos en un congreso, en Roma, en la primavera de 1962. En julio del mismo año estaba veraneando con mi familia en la costa toscana, cerca de Forte dei Marmi. Me había equivocado de calle, daba la vuelta hacia la carretera de la playa, con el fin de volver a casa, cuando, desde una esquina, alguien me hizo señas con la mano. Era Sigfrido, que veraneaba en el mismo sitio. Volvimos a vernos, siempre volvemos a vernos, en cualquier sitio, en Roma, París, Madrid, Turín o su Pistoia natal, donde me regaló en septiembre pasado el tomo monumental dedicado a al obra maestra de Collodi, en cuyas xilografías trabajó durante más de un decenio. Asistí, año tras año, al desarrollo casi increíble de este trabajo, en que el pintor dejó lo mejor de sí mismo, y torturado por la enfermedad que transforma sus manos, mientras trabaja, en antorchas doloridas. Es como un Aleijadinho del siglo XX, consumido por su pasión artística.

Es posible, tal como lo afirma Giano Accame (en L´Italia del popolo, Roma, diciembre de 1983), que esta edición del Pinocho sea un libro para adultos, debido a la calidad exquisita de los dibujos[,] animados todos ellos por una segunda vida interior, pictórica, mágica y hasta esotérica. En el retrato del pescador malo, que está a punto de freír a Pinocho en su terrible gruta, Accame descubre las facciones de Carlos Marx. Lo que a mí me apasiona al contemplar las ilustraciones en blanco y negro o en color de Sigfrido son [sic], en primer lugar, el sentido oculto de los objetos y, en segundo, la magia del paisaje toscano presente en todas las páginas. Los objetos caseros, tarros, cazuelas, cuchillos, copas, el fuego en la chimenea campesina, las mismas casas, parecen vivos, puras sincronicidades que acompañan y completan el alma de la historia. Ardengo Soffici, el maestro toscano de Sigfrido, tenía también este don de pintar almas en los cacharros que sacaba de la vida cotidiana y colocaba de repente en la eternidad de la idea que cada cosa encierra en su forma visible. (Fue Bartolini quien me llevó una tarde a casa de Soffici, en Forte dei Marmi). Las barracas de pescadores que pinta, con el mar toscano como fondo, parecen también almas de barracas y alma de mar. Uno sabe, desde lejos, que aquel paisaje no puede ser sino de Bartolini, con la precisión con que la obra maestra logra definir y completar lo que representa.

Los animales aparecen en Pinocho como si fuesen seres humanos. Hablan, engañan, consuelan, tienen su filosofía, devoran, ríen o lloran. El mundo de Pinocho es, pues, una especie de sueño, durante el cual el títere de madera cruza "la selva oscura" y, a pesar de sus posibilidades de salvarse con la ayuda de la escuela, ayuda que rechaza, tiene que padecer todos los castigos del infierno para llegar a comprender. Una vez alcanzado el nivel de la comprensión, la pesadilla se acaba y la madera viviente se transforma en ser humano. No pretendo demostrar que Dante esté también presente en el libro de Collodi, pero sí todos los arquetipos fundacionales de la cultura italiana, parte de Occidente y, por consiguiente, parte de cada uno de nosotros, quiero decir de cualquier niño occidental. Lo que explica el éxito que ha tenido en todas partes, como si todos nosotros, en un período determinado de nuestra vida, hayamos [sic] participado en los terrores formativos de Pinocho. Por este motivo, creo, la edición ilustrada por Sigfrido Bartolini puede ser, al mismo tiempo, una edición para refinados y maduros, pero también para el público cotidiano de Collodi, los niños que no han dejado de leerlo desde 1883 hasta hoy y nunca dejarán de hacerlo. De la misma manera que Perrault, Grimm, Andersen o Selma Lagerlöf, Collodi supo sacar a la superficie profundidades encerradas en el inconsciente colectivo occidental. Lo que supo hacer Bartolini fue dar vida plástica a una obra maestra de la literatura al mismo nivel de la más auténtica creación, valedero para el sueño de un alma sin edad.

Vintila Horia, en El Alcázar, marzo de 1984

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domingo, 11 de agosto de 2013

La autobiografía del joven Nietzsche



Escribía Nietzsche en su quinta conferencia, dictada en Basilea en 1872, perteneciente al ciclo Sobre el porvenir de nuestros establecimientos de enseñanza: "Un hombre de cultura degenerado es cosa grave; y es para nosotros un golpe terrible el darse cuenta [de] cómo todos nuestros hombres públicos, sabios y periodistas llevan el signo de la degeneración." Parecen pensamientos de hoy. ¿Es posible que el proceso de la degeneración europea haya empezado hace más de cien años y que todavía no lo hayamos entendido ni tenido la fuerza de cercenarlo y hasta de aniquilarlo? En realidad todo esto empieza mucho antes, al final quizá de la Edad Media, cuando con la sustitución de la catedral gótica por el templo pagano algo fundamental se haya venido abajo dentro de nosotros. Pero volvamos a Nietzsche.

La autobiografía del pensador alemán cubre pocos años de su vida, la infancia y la adolescencia, de 1865 a 1869, cuando, a la edad de veinticinco años, Nietzsche ocupa la cátedra de filología de la Universidad de Basilea. Son sus años decisivos, marcados por la muerte prematura de su padre y de su hermano, hechos que dejarán profundas huellas, imborrables, además, en el alma del autor de la Gaia ciencia [sic]. Mucho se habla hoy de una "Nietzsche-Renaissance", y es posible que esta autobiografía, tan poco conocida hasta la fecha, tenga un papel importante en una necesaria revisión del mito Nietzsche. En efecto, esta relación con el padre lo llevó a expresar en su autobiografía sentimientos que lo acercaron cada vez más, en aquella época, "a la sabia voluntad de Dios". Hablaba incluso de "la mano providencial de Dios", lo que no le impidió, más tarde, escribir las páginas insensatas del Anticristo, considerando a Jesús, junto con Sócrates, como la causa de la decadencia occidental. Pero su infancia y su adolescencia se desarrollan bajo el signo del padre y de su reflejo sobrenatural, el Padre por antonomasia. Poco tiempo después, en 1870, y durante los años siguientes, Nietzsche vibrará al unísono con la filosofía de Schopenhauer, su nuevo ídolo. Se acercará al mundo oriental, al mito del eterno retorno, rechazará el cristianismo, dará las primeras señales de su locura y caerá en las tinieblas del mundo inconsciente. ¿Qué relación establecer entre aquel encuentro y su esquizofrenia? ¿Es posible pensar en un shock inicial provocado por la muerte del padre, en pleno proceso de formación, y la locura final? ¿Y añadir a aquella lejana herida la lectura del pesimista autor del Mundo como voluntad y representación?

Otra pregunta inquietante: ¿cómo es posible ser, al mismo tiempo, de derecha y nietzscheano? Creo que en España la respuesta resulta más fácil de formular [sic] que en otros países, porque el concepto de derecha, después de José Antonio y de Franco, se confunde con el de cristianismo, con un matiz político que completa al religioso, dentro del individuo como dentro del Estado. No es así en Italia, por ejemplo, donde muchos fascistas (Marinetti, por ejemplo, y otros) eran anticatólicos declarados. Hasta Julius Evola, quien trató de llevar el fascismo hacia un esoterismo político y hasta religioso, fue anticatólico a lo largo de todo su derrotero espiritual, influenciado por Nietzsche, pero sobre todo por las religiones orientales. Para no recordar aquí la trágica situación del nacionalismo alemán, directametnte influenciado por Nietzsche y Schopenhauer, y que actuó contra la Iglesia desde el primer momento, tratando, además, de resucitar los dioses del Walhalla germánico. Fue aquel encuentro el que produjo la huida precipitada de la libertad y el infierno europeo de 1945; ¿y cómo entender el cristianismo sino situado bajo vivir permanente de la libertad? Por este motivo todos los totalitarismos son anticristianos, de derecha como de izquierda. El Nietzsche joven pensaba también de esta manera, y resulta apasionante separar aquella época de su formación de la de su ejanenación que produjo en él la pérdida simultánea de la razón.

Juan Dacio (Vintila Horia) en El Alcázar, 1984

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viernes, 10 de mayo de 2013

El bicentenario de Alejandro Manzoni


Hace dos años, el novelista italiano Mario Pomilio publicaba un libro titulado Navidades 1833 (Ed. Rusconi, Milán, 1983) en cuyas páginas trataba de resucitar la tragedia que marcó la larga vida de Alejandro Manzoni, el autor de la novela Los novios (I promessi sposi, cuya primera edición es de 1827). Su esposa, Enriqueta Blondel, suiza de origen, con la que se había casado en 1808, fallecía precisamente el día de Navidad de 1833. Un año después moría su hija mayor, Julia, esposa del escritor Máximo d´Azeglio. En 1873, pocos meses antes de pasar Manzoni a mejor vida, fallecía su hijo Pedro, mientras sus parientes y amigos trataban de esconder el trágico acontecimiento, y el novelista agonizaba, después de haber sufrido una caída a los noventa años de edad y después de haber dominado todo un siglo de prosa italiana con un libro considerado, hoy todavía, como la mejor novela italiana de todos los tiempos. Vida completa y feliz, llena de amor, de éxitos y de hijos, llevada lejos de los trajines cotidianos, ya que Manzoni poseía una respetable fortuna personal, su final fue marcado, son embargo, por muchos acontecimientos que amargaron sus últimos años y arrastraron dramas y dolores a lo largo de toda la segunda parte de su existencia. Mario Pomilio supo resucitar el acontecimiento que marca por primera vez esta vida aparentemente feliz, al reconstruir aquella Navidad cuando el escritor, al perder a su amada esposa, se enfrentaba con problemas que nunca supo resolver, que nadie supo nunca resolver.

Si est Deus unde malum, si Dios existe, ¿por qué el mal?, se preguntaban los antiguos, en el umbral mismo de una problemática de tan difícil respuesta y que tantos santos trataron de resolver, sin que nuestra conciencia haya llegado a formular todavía explicaciones satisfactorias. Sí, este es el valle de las lágrimas y hay que sufrir hic et nunc con el fin de que la eternidad sea lo contrario de lo perecedero. Pero, ¿por qué? ¿Cuál es el sentido de la muerte de los inocentes, del premio cotidiano de los malos, de la muerte del todo, envuelto el mundo visible en llamas y en gritos? Si esto es así, ¿para qué un infierno? Y tanto los gnósticos, como decenas y hasta centenares de herejes respondieron con palabras más injustas todavía que nuestras dudas.

El dolor de Manzoni tuvo que ser tremendo, ante tanta desgracia. Había nacido en Milán el 7 de marzo de 1785, de un matrimonio desavenido, hijo probablemente de uno de los amantes de su madre, a la que adoró hasta el final y con la que se reunió más tarde, después de educarse en colegios religiosos, alejado por su padre de toda vida familiar. En 1805 logra por fin volver con su madre y es en el París de los fastos napoleónicos donde toma contacto con la filosofía de Condillac, profesa un ateísmo científico, acorde con su tiempo, asiste a la caída de Napoleón, entra poco a poco en un ambiente nuevo, dominado por el genio de Chateaubriand, conoce a Enriqueta, la pierde durante una manifestación callejera, entra en la iglesia de San Roque, pide a Dios que le revele Su presencia y Su poder al restituirle a su mujer y, poco después, vuelve a encontrarla. Su conciencia se queda profundamente conmovida. Enriqueta abjura de su fe protestante y los dos esposos, reunidos en el seno de la Iglesia, reciben del Papa el permiso para volver a casarse según el rito católico, en 1810, ya en Milán, donde el escritor empieza a dedicarse a la literatura. Escribe versos, estudios históricos, tragedias y, de repente, empieza a investigar el siglo XVIII lombardo y escribe Los novios. Durante el resto de su vida, más de medio siglo, se dedicará a corregir y mejorar el texto de su obra maestra, al amparo de las preocupaciones materiales, pero sacudido por tragedias familiares que transforman a este hombre en una especie de curioso mártir romántico. Y digo curioso porque los románticos, sus contemporáneos, mueren jóvenes, mientras él pasea sus llagas a lo largo de toda una centuria.

El doble centenario del escritor provocó en Italia un montón de reacciones, desde las dudosas apreciaciones de la intelectualidad entre comillas, hasta los representantes más cualificados de la literatura italiana actual, aplastada, creo, por el peso de Manzoni, en un momento, precisamente, en que las letras peninsulares no brillan como antes, ni alumbran interiores anímicos, ni plantean problemas esenciales. La literatura italiana es, hoy, tan imitadora de sí misma como la francesa o la alemana, y resulta penoso decir por qué, pero el hecho es evidente y la letargia es casi traumática. Han fallecido todos los grandes y los vivientes son pequeños. Es posible que el trauma sea de origen político, disimulado por el juego de los partidos mayoritarios que han agostado la psique más rica en poderes creadores, presente en la base de todos los renacimientos y restauraciones de lo humano a lo largo de todos los siglos del hombre occidental.

Pero volvamos a Manzoni. ¿Cómo perdonarle la grandeza en medio de tanta incertidumbre ocultadora? Los novios plantea, justamente, el tema de la opresión y de la felicidad imposible, hasta en un pueblo perdido, en el marco de un mundo dominado por un personaje llamado el "innominado", representación del demonio como clave del mal político del que padece el mundo y de todos los males que nacen de este. Y es en el momento en que el representante del príncipe de este mundo se convierte, bajo la luz directa de un santo del siglo XVII, Carlos Borromeo, cuando la reparación se vuelve posible, y los dos novios separados por la intervención irreverente del señor del mal pueden recuperar su felicidad y casarse. Novela católica, diría, por antonomasia y romántica por añadidura, siendo los dos conceptos complementarios, sobre todo en la primera parte de XIX, cuando el romanticismo vivía bajo el influjo de Chateaubriand y la recuperación de la libertad, en tiempos de la Restauración, coincidía con la de la fe. ¿Cómo entender, si no, la trama, los personajes, los acontecimientos representativos, la descripción de la peste en Milán, la conversión del innombrable, la simbología encerrada en cada gesto y cada paisaje? Resulta inútil hablar de liberalismo católico, en relación con la ideología de Manzoni, o de preferencias plebeyas y democráticas por parte del autor, como lo afirma el mismo Pomilio, muy equivocado en este sentido: Manzoni supo construir una obra maestra, el único monumento en prosa italiana del Romanticismo, un libro que llena de acción y estilo los decenios románticos en Italia, a pesar o en contra de la impotencia de los demás. Italia no conoció el romanticismo, dicen. Pero me parece que Los novios vale más que todas las novelas de Víctor Hugo juntas. ¿Manzoni inútil o superfluo? Si Italia, desde la aparición de su novela, no hace sino confundirse con sus personajes, los buenos como los malos...

Tiene razón, además, el gran toscano que fue Giuseppe Prezzolini, al decir que "El antiheroico y el antihumanista Manzoni fue autor principal de una reforma que llevó a la italia moderna a aquel lenguaje de los periodistas, de los manuales, de la escuela y de la conversación general, que hizo posible la unificación de la península." ¿No es esto bastante para colocar a Manzoni al lado de Cavour y de Víctor Manuel II, forjadores de la unidd política? Si nos ponemos a leer hoy los libros de Alfieri, los poemas de los líricos italianos de finales del XVIII, y hasta a Carducci, que no supo aprovechar la lección de Manzoni, nos encontramos ante un idioma incomprensible, intelectual, clásico por imitación, insostenible, elitístico [sic] en el peor sentido de la palabra, casi salonnard, que aplasta la literatura italiana bajo una inaguantable capa de cemento humanista. Fue Manzoni quien supo levantarla y tirarla por la borda de la indiferencia general. La unidad anímica de los italianos, quiero decir la literaria, la realizó Manzoni, de la misma manera en que Dante la supo realizar, por primera vez, a finales de la Edad Media, en el marco de una operación muy parecida, quiero decir llevada a cabo por la pluma de un genio, unificador por vocación y destino. Y si las flaquezas burguesas de don Abbondio, el cura gordo de carnes y flaco de espíritu, proceden del modélico Sancho Panza, la relación con el genio está a la vista de todos.

Dicen sus críticos que Balzac, Stendhal, Tolstoi y Dickens hicieron mejor [sic] que él. Tengo dudas. Cuantitativamente no se le pueden comparar. Pero prefiero Los novios a las aventuras de Mister Pickwick y a Guerra y paz y un personaje como don Cristóforo, el otro cura, el activo, el auténticamente cristiano en la profundidad de su fe y de su actuación, profetiza la aparición en la literatura católica europea de los curas de Bernanos. Además del paisaje, el retrato psíquico y el poder de la narración o de la épica, que dan al libro su tono de obra perenne, Manzoni añade su poder de creación lingüística, mérito no desdeñable en una época de incertidumbre y de pugnas de todo tipo cuando, como hoy, se estaban jugando los destinos de los pueblos.

¿Es el hombre "el remordimiento de Dios" o "un proyecto de Dios", como ha sido tantas veces definido? La vida de Manzoni parece apoyar la primera definición, mientras su obra aparece cada vez más como una ilustración de la segunda. La fe inquebrantable del escritor, atravesando acontecimientos terribles, nos permite conmemorar su doble centenario a través de esta bifurcación biográfica e ideológica, de la que ha podido nacer la perfección única de su novela.

Vintila Horia, en El Alcázar, hacia 1985

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sábado, 2 de febrero de 2013

Visconti contra Thomas Mann




No he podido aguantar más que un cuarto de hora la conversación de los sabios alrededor del tema del SIDA, ilustrado, hasta cierto punto, por "Muerte en Venecia", la película que Visconti sacó de la famosa novela de Thomas Mann. El libro ha sido publicado en 1912, en pleno desarrollo del expresionismo alemán, era el segundo libro importante del autor y planteaba un tema que algo tenía que ver con la problemática estética de finales del XIX y principios del XX y con las preocupaciones renovadoras de los vanguardistas de la época, a las que Thomas Mann no se adhirió jamás, de manera expresa y elocuente, pero cuyo impacto sufrió a lo largo de toa su carrera literaria. Y no aguanté aquel programa como tampoco aguanto la película, porque todo el conjunto de "La clave" del viernes pasado me pareció lastimado desde un principio por un desconocimiento total -por parte de Visconti como por parte de los dialogantes- de la novela, como de las intenciones de su autor. Thomas Mann no fue ni comunista ni cliente in spe del SIDA, tuvo muchos hijos y llevó una vida sentimental normal y, por el otro lado, fue un burgués, de derecha cuando escribió "Muerte en Venecia" y de centro cuando se pasó, después de 1918, del lado democrático o liberal de las cosas.

He aquí la lista de las traiciones de Visconti respecto de la novela: el protagonista es un escritor, el de la novela es un músico; Aschenbach, el escritor de la novela, no es homosexual; nunca aparecen en el libro mensajes relacionados con la lucha de clases, como la penosa escena en el hotel del Lido, según Visconti, cuando la pobre gente que viene a tocar para los ricos es echada de mala manera por el personal de servicio; nunca Aschenbach encuentra a una tal Esmeralda, personaje que sólo aparece en la literatura de Thomas Mann cuarenta años más tarde, en su novela "El doctor Faustus", cuyo ideario interior nada tiene que ver con el de "Muerte en Venecia". Una mala mezcla de malas y desahuciadas dinamitas. No hay nada más falso, más traído por los pelos, más seudorromántico, más pasado de moda, más perverso hasta lo ridículo que las películas de Visconti. Todas ellas llevan un mensaje de "liberación". "Muerte en Venecia", como decía uno de los participantes en "La clave", es "un himno a la liberación". ¿Pero qué liberación? ¿En qué página de su libro habla Thomas Mann de la liberación? De la liberación de los marginados homosexuales, quería decir el médico libertador, como si éste hubiera sido el padre del cordero, dicho sea en lenguaje machista.

Sin embargo, Thomas Mann plantea en su magnífica novela el problema de la liberación, sin mencionar la palabra y sin pensar en ella como iba a hacerlo Visconti traicionando al autor sin el menor reparo. Se trata de la liberación del espíritu encerrado en un cuerpo, según la interpretación que Platón da al asunto. Lo estético, en el libro, se vuelve instrumento de dicha liberación. No se trata de ninguna liberación de los marginados, sino del tema más serio de la vida, que es el de la muerte como prolongación liberada, más allá de las limitaciones marginadoras de la cárcel corporal o somática. Por este motivo, el adolescente, que aparece en la película bajo el aspecto de un cuerpo deseado por el músico pederasta, no representa en la novela más que el vehículo, el Hermes Trismegisto, que lleva las almas desde la finitud del cuerpo a la libertad sin límites del espíritu inmortal. Es el papel que desarrolla la belleza, lo bello platónico, desde que el hombre se ha transformado en un imitador del padre, en creador de belleza. Cualquier obra maestra es capaz, según esta interpretación, de movernos hacia la eternidad, es decir, hacia la más correcta de las interpretaciones. Y es lo que Visconti fue incapaz de comprender, o, si lo fue, sus vicios políticos y corporales le impidieron realizar lo comprendido. Y nos encontramos de repente con lo caduco que destroza desde dentro toda la falsa creación de un director de cine incapaz de pasar por encima de sus vicios e inclinaciones y crear algo en consonancia, no con lo peor de sí mismo, sino con los ideales descubridores de la verdad, que solo los auténticos liberados, los artistas normales, o geniales, o vencedores, a través del arte, de sus propias limitaciones, con capaces de realizar. 

Juan Dacio (Vintila Horia), en El Alcázar, 1985

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sábado, 15 de diciembre de 2012

La profetisa


Pienso presentar en este tríptico* a unos personajes que han tenido existencia histórica, pero que no tienen identidad, como han sido las pitonisas de Delfos, enfocadas por Pär Lagerkvist en su novela La sibila, o el demonio, reactualizado por el cardenal Ratzinger en el marco de un proceso histórico que parece resucitar y otorgar realidad a su figura, tan explotada por los literatos de todos los siglos cristianos, y, por fin, tratar de entender y explicar lo que el novelista español Jesús Fernández Santos reconstruye a su modo en la novela El Griego, dedicada a dar vida a uno de los pintores más grandes de todos los tiempos y que no tiene todavía ni calle ni estatua en Madrid. Juntando aquí estos "casos" es posible que lleguemos a una conclusión, valedera para los tiempos malos que estamos viviendo, iguales quizá a todos los demás, dominados por algo que el presente tríptico lograría posiblemente poner de relieve.

El sueco Lagerkvist, Premio Nobel 1951, ha escrito bastantes novelas, traducidas al castellano, en gran parte por lo menos, y editadas por Emecé de Buenos Aires, entre ellas: Barrabás, El enano, El verdugo, El paraíso, Muerte de Ahasverus y La sibila (1957), marcadas por un evidente sello histórico, casi todas ellas evocan tiempos pasados y personajes que han existido de verdad o sólo en la mitología popular, o han cumplido una misión terrible que ha marcado su destino. Además, cada uno de ellos tiene un trato vinculante con su propio sino, que cumple, dentro de la literatura de Lagerkvist, con una tarea existencialista, muy de moda en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial y que enlaza con un individualismo protestante, fruto del cual ha sido el cine de Bergman. En La sibila la existencia del protagonista es como el reflejo trágico de un pacto que el hombre firma con el mismo Dios. Kierkegaard, evidentemente, está en la base de esto, pero el mismo pensador danés no fue sino la parte visible del gran témpano sumergido que es la tradición nórdica de rito protestante, de matiz veterotestamentario. ¿Cómo explicar, si no, la tristeza individual que envuelve a la misma vida de Kierkegaard, como, también , la de los personajes de Bergman o esta profetisa griega a la que Lagerkvist sabe transformar en representante dolido del género humano?

Los dos protagonistas de La sibila representan las dos religiones: la profetisa había actuado en el templo de Delfos, dedicado a Apolo, y un hombre que venía de Jerusalén y donde, por casualidad, si es que la hay, había sido testigo de la Crucifixión o de la Pasión, como dijeron Gabriel Miró y Papini en libros paralelos [sic]. El hombre vivía en la calle por donde pasaba Jesucristo, camino del Gólgota. Cansado, quiso apoyar su cabeza en la pared exterior de la casa del hombre y éste se le negó por miedo, por conformismo, por cobardía terrenal. Y entonces Jesús lo había condenado a vivir eternamente en este mundo. Es como una anticipación de Ahasverus, el judío errante. En un principio, el hombre no quiso aceptar la condena. No creía en ella ni en la divinidad del que la había pronunciado. Pero, con el tiempo, aquello se había vuelto una pesadilla, su mujer y su hijo lo habían abandonado "porque sus ojos habían envejecido", habían perdido la luz bajo el peso de la condena y, más tarde, morirán de pena en un pueblo lejano, mientras el hombre abandonará su país y empezará su destino vagabundo, para llegar un día a Delfos y buscar a la profetisa que explicaba a los mortales los misterios de su existencia, inspirada por el dios. Pero nadie quiso hablarle. Al enterarse de que una antigua pitonisa se encontraba en el monte, donde vivía sola, junto con un hijo idiota, se subió por un sendero hasta dar con ella. Y entonces el hombre contó a la sibila su drama y, luego, ésta cuenta el suyo a su visitante inesperado.

Recuerdo esta historia porque me parece realmente representativa para lo que pretendo exponer aquí: hija de unos campesinos pobres, vecinos de Delfos, la sibila había sido elegida por el dios, muy joven ya, había tenido que abandonar a sus padres para volverse sacerdotisa, se había desposado con el dios en el fondo de una caverna, donde, una vez poseída por el espíritu divino, clamaba, en medio de las miasmas que brotaban desde las entrañas de la tierra, unas palabras que los sacerdotes interpretaban a su manera y que tenían que ver con los individuos o con las ciudades griegas y sus intemperies históricas. Algo hubo en Delfos, esto me parece más que evidente, y no se trató sólo de marrullerías seudomísticas, puesto que el oráculo funcionó durante más de mil años y perdió su fama y su eficacia sólo con la venida del cristianismo. Una vez, al terminarse el período de las fiestas en honor a Apolo, la sibila regresó a su hogar, con el fin de ayudar a su padre, ya que su madre acababa de morirse. Y fue así como conoció a un joven, que había regresado al pueblo, después de varios años pasados de soldado en las guerras de la península, en las que había perdido un brazo. Los dos se enamoraron el uno del otro, vivieron una temporada de pasión entre los olivos y las montas, hasta que ella se atrevió a confesarle quién era. Pero el joven no se había conmovido. Algo, sin embargo, intervino entre ellos, la misma furia del dios ofendido, traicionado por la sibila. De vuelta al templo, se entera de que su amante había sido asesinado, de manera misteriosa, víctima quizá de Apolo en celos, pero de la traición nadie se entera hasta el día en que la sibila se da cuenta de que había quedado embarazada. La furia del pueblo la echa del templo y busca refugio en la sierra, donde vive de hierbas y de la leche de las cabras, que la ayudarán a lo largo de toda su vida aislada, cabras que olían como el dios escondido, testigos de un misterio que la mujer sólo adivina a medias. Se da cuenta de que el hijo tarda en venir y que este atraso es la prueba de que el padre del niño no había sido su amante terrenal, sino el dios misterioso que olía a chivo. Cuando nace el niño, la sibila se da cuenta de que era un idiota. No hablaba, no oía, estuvo durante muchos años como clavado en la cueva donde la antigua pitonisa pasaba sus días recordando a su amante, pero también la intensa pasión que le dedicaba el dios al poseerla en el santuario. Pero todo era duda. "Sin embargo, a veces me he preguntado a mí misma si no era un dios que está sentado aquí, a mi lado, con su eterna sonrisa; un dios que desde aquí mira su templo, su Delfos, todo el mundo de los hombres y no hace más que reírse de todo."

En aquel momento, terminando su larga confesión, la antigua pitonisa observa que su hijo había desaparecido. Y empieza entonces una búsqueda por la montaña hasta que encuentran rastros del hijo, pasos cada vez más pequeños en la nieve. A medida que el hijo subía, se hacía más pequeño, se volvía un niño, hasta que desapareció en los cielos, regresando de este modo a su verdadero hogar. Entonces el hombre, que la había acompañado y que no había recibido de la sibila ninguna respuesta acerca de su destino, comprendió: "Entonces pensó en aquel hijo de dios que tenía la culpa de su destino lamentable, el que le había lanzado aquella espantosa maldición. También él se había elevado a los cielos, con la misma facilidad, desde una montaña, conducido en una nube por el dios padre, según afirmaban quienes lo amaban y adoraban. Pero antes había sido realmente crucificado y eso, en su opinión, lo hacía tremendamente extraordinario y llenaba su vida de sentido y de importancia, en toda forma y para todos los tiempos. En cambio, aquel otro hijo de dios parecía haber nacido sólo para sentarse a la sombra de una choza en ruinas y contemplar desde allí los varios inventos y los esfuerzos de los hombres y la magnificencia de su propio templo, y no hacer luego otra cosa que reírse de todo." Contemplar, diríamos, la ruina de su propia religión, ya que otra acababa de nacer.
¿Qué es Dios, pues? Un ser cruel y perverso, según la conclusión del hombre maldito. Alguien capaz de no perdonar a la sibila porque había pretendido amar a otro, al judío porque se había negado a que Dios apoyase su cabeza cansada en la pared de su casa. Maldito o bendito, el hombre es un ser eternamente vinculado a Dios. ¿Qué es lo que hace Kierkegaard en el momento en que su padre le revela el temor de su vida? Había maldecido a Dios en su juventud y esperaba que la ira del dios ofendido cayese sobre él. Y porque no había caído, estaba seguro de que caería, el día menos pensado, encima de su hijo, el filósofo. Dice la sibila, al final: "Deseas que yo vea el futuro. Me es imposible. Pero por lo que sé de la vida de los hombres y en la medida que me es posible vislumbrar el camino que les espera, puedo ver que jamás escaparás a la maldición o a la bendición de dios [sic]. Sea lo que fuere lo que ellos piensen o hagan, lo que creen o no creen, su destino siempre estará atado a dios [sic]. "

Tremenda visión del hombre como individuo y como historia. Sí, los dos dioses eran diferentes como aventura sagrada, por así decir, sin embargo, su técnica personal en cuanto actitud ante los hombres era la misma y tanto el judío como la pitonisa griega habrán de vivirla en su carne. La distancia me parece grande entre esta perspectiva protestante, en la que padece Kierkegaard también, y en la que vive como crucificado Kafka, en el marco de la misma actitud ante Dios, y la perspectiva del Nuevo Testamento, en la que Dios es perdón y amor. Dios puede pedirnos sacrificios y hacernos sufrir, como a los personajes del teatro de Claudel -sufrir es lo que caracteriza la condición humana- pero, más allá de la carne, está la promesa basada en el amor. ¿Adónde han llevado a los pueblos estas dos maneras de enfocar a Dios? Es algo que trataremos de contestar aquí a lo largo de las próximas notas críticas, íntimamente relacionadas con este enfoque. Porque las tres religiones, o mejor dicho, los tres matices del cristianismo han contestado de modo distinto la gran pregunta sobre el destino de los hombres en su permanente relación con Dios. Y de esta respuesta ha dependido siempre el color mismo de la civilización. 

Vintila Horia, en El Alcázar, 1985


*En efecto, se trataba de tres artículos bajo el título común de "Tres retratos casí históricos", y los otros dos se dedicaban al Greco y al diablo. Este último lo perdí.

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martes, 6 de noviembre de 2012

Justicia para el duque de Alba


En parte, por lo menos, la leyenda negra empieza a disiparse, como una niebla estancada en los prejuicios de la historia. Recuerdo un libro horroroso escrito por Léon Daudet, uno de los mejores colaboradores de Charles Maurras en L´Action Française, una novela titulada El viaje de Shakespeare, en que el temido polemista contaba un viaje imaginario del dramaturgo inglés a Flandes durante el tiempo en que el Duque de Alba gobernaba aquello. Las hogueras, los gritos de los ajusticiados, la persecución de los inocentes, la crueldad de los españoles formaban el telón de fondo de un libro escrito por uno de los representantes más genuinos de la derecha francesa. La izquierda de todos los tiempos se encargó del resto. Todo el mundo tuvo que olvidarse de la noche de San Bartolomé, cuando miles de protestantes fueron asesinados en un tiempo récord, y nadie se acuerda ya de los horrores del tiempo de Cromwell, cuando en un solo día perecían ahogadas o quemadas vivas centenares de brujas, mujeres católicas que persistían en su fe, amén de las crueldades de la época del Terror, en Francia, perpetradas en el nombre de los derechos humanos. Durante los cuatro siglos de la Inquisición murieron cinco mil personas, cifra poco conclusiva desde el punto de vista fundador de una leyenda negra, si la comparamos con las atrocidades de los puritanos, de las autoridades francesas contra los hugonotes o las del tiempo de la revolución libertadora e igualitaria. Para no hablar de los millones de muertos por los neolibertadores de Lenin y Stalin en el nombre de los mismos principios, o por los sandinistas, allendistas, senderistas negros y otras aventuras subhumanas contemporáneas. Habría que escribir la historia de la otra leyenda negra, cuyos protagonistas aparecerían de repente y de la manera más inesperada, bajo el nombre de los más ilustres libertadores.

Fue quizás este nuevo enfoque de la Historia lo que empujó al profesor William S. Maltby, de la Universidad de Saint Louis, a escribir este estudio reparador titulado Una biografía de Fernando Álvarez de Toledo, tercer duque de Alba (Berckley University of California Press), donde, por primera vez en el mundo anglosajón, se dice la verdad acerca del famoso Alba. Fue éste uno de los generales más inteligentes y humanos de todos los tiempos, en contra de la leyenda forjada contra él, porque sabía que las victorias se ganan [sic] fuera de los campos de batalla. Un auténtico general tiene que saber del ejército enemigo más que los generales de éste, que un buen sistema de avituallamiento gana más batallas que el valor de los soldados, y que el verdadero arte de la guerra es causar las menos víctimas posibles. Lo que hoy se llama un servicio de inteligencia fue una técnica poderosamente utilizada por Fernando Álvarez de Toledo, y los escritos que enviaba a Carlos V y a Felipe II sobre diplomacia, la forma de tratar a los protestantes, el buen gobierno, el arte de la guerra constituyen, según el profesor Maltby, auténticos tratados político-militares. Los Países Bajos eran entonces una región fundamental para la defensa de la catolicidad, ya que intervenían en su política tanto los franceses como los ingleses, y también los príncipes alemanes protestantes. Aquel territorio era la clave para la defensa de la idea de imperio español y fue así como lo entendió el duque de Alba. Cuando Carlos se retiró a Yuste, los nobles holandeses dejaron de obedecer a la corona y fue imposible ya mantener el territorio bajo dominio español. Con la caída de Flandes empieza el fin. Ni don Juan de Austria, ni el propio Alba en su vejez lograron gobernar aquello. La última actuación militar y política del duque fue la ocupación de Portugal, donde logró una de aquellas batallas incruentas que eran de su especialidad y donde murió, poco después, en 1582, a la edad de setenta y cinco años, después de haber llenado Europa con el eco de sus hazañas. Príncipe renacentista, no fue más cruel, quizá mucho menos, que la mayoría de sus contemporáneos, pero el hecho de haber pertenecido al imperio más poderoso, cuya ambición fue la de liberar a todos los seres humanos en nombre de Cristo, según la imagen católica del hombre, hizo de él un enemigo imperdonable y de su crueldad una leyenda, a la que empiezan a borrar los estudiosos cada vez más objetivos y más liberados de la amargura y envidia de los prejuicios. Este libro de Maltby espera una continuación justiciera. 

Juan Dacio (Vintila Horia) en El Alcázar, septiembre de 1984

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